Por Pablo Claverie
Muchos de los problemas que se han suscitado a lo largo de la historia, desde los inicios del cristianismo posapostólico hasta nuestros días, en relación con la doctrina de la Deidad, tienen que ver con las fórmulas o las formulaciones que los seres humanos hemos utilizado para definir a Dios como entidad. Esas fórmulas (por ejemplo, “Dios es un ser compuesto por tres Personas divinas”; “Dios consiste en tres Personas que, unidas en naturaleza, voluntad y propósito, forman un solo ente al que llamamos Dios”, etc.) se basan en el intento del razonamiento humano por definir conceptualmente lo que Dios ha revelado de sí mismo en su Palabra. Algunas de estas fórmulas pueden estar acertadas, pero el problema se suscita cuando se trata de contener, en un vocabulario y una lógica humanos, e incluso apelando a categorías filosóficas provenientes del pensamiento griego (Platón, Aristóteles, a través de San Agustín y Santo Tomás de Aquino respectivamente), el contenido del misterio del ser de Dios, cuya grandeza no nos es asequible.
Este intento humano es el que ha dado lugar, por un lado, a tantas “herejías” de los primeros siglos (consideradas así por la mayoría de los cristianos hoy) acerca de la naturaleza y la persona de Dios (arrianismo, patripasianismo, adopcionismo, modalismo, etc.), como por el otro a formulaciones dogmáticas que impiden profundizar en nuestra comprensión de Dios al pretender limitar la comprensión del creyente a esas definiciones cerradas.
Mediante esta forma de abordar la cuestión, se condiciona la Revelación a la estructura lógica humana. Como resultado, por ejemplo, se afirma que, si nuestra fe es monoteísta, la Deidad no puede ser tres personas sino una y, por lo tanto, la única solución es que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean una misma Persona manifestada, en distintos momentos históricos o en distintas circunstancias, de tres maneras o modos distintos (en una época o circunstancia como Padre; en otra, como Hijo; y en otra, como Espíritu); o que solo el Padre sea divino, y Cristo sea un ser inferior creado por el Padre, sin existencia original; o que el Espíritu sea sólo el poder del Padre o del Hijo en acción; o, en casos extremos, que los cristianos en realidad seamos politeístas.
Quien esto escribe tiene la convicción de que el mejor camino es atenerse estrictamente a la información que brinda la Revelación, la Biblia (que es la única fuente en la cual podemos encontrar información fidedigna acerca de Dios), y ser coherentes con esta autorrevelación divina, no intentando supeditar esa revelación a nuestros razonamientos o lógica. Existen textos explícitos y enfáticos que afirman la Deidad de las tres personas divinas. Y, aunque es cierto que existen textos incidentales, no muy claros, que podrían prestarse a la confusión respecto, por ejemplo, de la plena divinidad de Cristo, son estos textos ambiguos los que deben interpretarse a la luz de los explícitos y enfáticos, y no viceversa.
En su esencia, la revelación bíblica hace las siguientes afirmaciones acerca de la Deidad (ver fundamentación bíblica en artículos de Pfandl y Steger, respectivamente, en este blog):
1) Hay un solo Dios, en contraste con la multiplicidad de divinidades paganas.
2) Del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo se dice que son divinos, atribuyéndoseles por igual poderes, autoridad y prerrogativas propias y exclusivas de la Deidad.
3) Sin embargo, claramente se los presenta como personas distinguibles entre sí, no como distintas manifestaciones de una misma persona.
4) Al Espíritu Santo se lo presenta como una persona, no como una mera fuerza o poder, con cualidades propias de una persona (emotividad, afectividad, inteligencia, volición).
5) La unidad funcional entre el Padre y el Hijo (podríamos incluir al Espíritu Santo) se presenta como modelo de la unidad que Cristo espera de sus seguidores, aun cuando la iglesia esté compuesta por personas distintas y distinguibles, así como lo son el Padre y el Hijo.
Es difícil congeniar, para nuestra estructura lógica, estos hechos o informaciones categóricas de la Revelación. Sin embargo, el camino correcto es entender que no tenemos suficiente información, en la Revelación, para entender plenamente la relación que existe entre estos conceptos. Y si no la tenemos seguramente se deba a que la naturaleza del ser de Dios excede a nuestra comprensión; es decir, lo que llamamos “misterio”, que no significa algo que nos es ocultado de manera intencional, sino algo que no puede ser comprendido totalmente por nuestra razón.
El camino más seguro es subordinar la razón al contenido completo de la revelación bíblica y no negar aspectos de la Revelación porque no sean comprendidos por nuestra razón, y mucho menos pretender “completar” la ausencia de información o de explicación con nuestras deducciones o especulaciones filosóficas o lógicas acerca de la Deidad. Siempre, la actitud más sana es atenerse a un “así ha dicho Jehová”.